Crónica de un milisegundo: Cuando la ingeniería le gana al destino

​​El asfalto no tiene piedad. Cuando un Suboficial de la Policía Federal Argentina (PFA) impactó contra el suelo en cumplimiento del deber, la física se volvió una sentencia. Sin embargo, Claudio Fabián Peña hoy puede contar su historia. No como un milagro; sino concretándose en el resultado de 70 años de evolución constante (1956-2026) de una ingeniería nacida en el laboratorio de Cristian Valls.

​El Impacto de las 6 Toneladas

​Eran las coordenadas de un siniestro vial común, pero con una dinámica técnica aterradora. Los cálculos de I+D son fríos pero reveladores: el casco de Peña recibió una energía cinética de 1,200 Joules. Para que el lector lo entienda, el cráneo del oficial dentro de un NA helmets soportó una fuerza dinámica equivalente a 6.3 toneladas.

​Cualquier casco convencional, de esos que inundan el mercado con carcasas de plástico termoformado por inyección o aquellos de fibras de uso civil -similares a las que se usan para fabricar las cuchas de perros o los Guardaplast-, se hubiera partido en mil pedazos. El resultado hubiera sido un trauma axonal irreversible. Pero, el ingenio de Cristian Valls fue el que a este uniformado como a tantos otros les salvó la vida.

​El Secreto: Histéresis vs. Fractura

​A diferencia del EPS (comúnmente llamado Telgopor) que usan las marcas comerciales y que se destruye tras el primer golpe, el casco Nación Argentina (NA) del oficial Peña operó como una unidad de inteligencia mecánica: ​»No se trata de romperse para absorber, sino de gestionar la energía», explica Valls con la seguridad de quien diseña bajo la premisa de Falla Cero.

​Mientras el impacto intentaba penetrar el casco, el conjunto de calota de Composite con telas especiales fabricadas en exclusiva, las dobles celdas de amortiguación de Poliuretano de Gradiente (PUR/PUSR) y la Suspensión Flotante del NA helmets transformaron ese tremendo golpe seco en calor y flexión elástica. El casco sufrió, pero no se entregó. Una marca elipsoide en la zona temporoparietal quedó como la única cicatriz de guerra de una estructura que se mantuvo íntegra, tal como se ve en las fotografías que acompañan esta nota.

​»Life is Original»: La Diferencia entre un Casco y un Engaño

​El Suboficial Peña sufrió una obnubilación transitoria de apenas unos minutos, y no siquiera lo subieron a una ambulancia del SAME. A las 24 horas, estaba caminando, sin secuelas neurológicas. La pericia técnica del Laboratorio NA confirmó que el Head Injury Criterion (HIC, que significa “Criterio de Lesión Encefálica”, es una medida física utilizada para evaluar la probabilidad de que un impacto cause un daño cerebral grave. Es el estándar internacional de seguridad en la industria automotriz y, sobre todo, en la fabricación de cascos.) se mantuvo por debajo de los niveles de daño.

El HIC en el Laboratorio NA

Para que un casco cumpla con la norma IRAM 3621, debe demostrar en los ensayos que el HIC se mantiene por debajo de ciertos límites (generalmente 1000).

Aquí es donde entra la premisa de «Falla 0» de Cristian Valls:

  • Gestión de Energía: Un casco «trucho» o mal reparado (como los que usan fibra de vidrio genérica tipo «cucha de perro») es demasiado rígido. Al no absorber el golpe, transmite toda la energía al cerebro de golpe, disparando el valor de HIC a niveles letales.
  • Materiales Aeronáuticos: Los cascos Nación Argentina utilizan compuestos específicos que se deforman de manera controlada. Esto «estira» el tiempo del impacto en milisegundos, lo que reduce drásticamente el resultado del HIC.

Esta crónica no es solo un reporte de un accidente; es una denuncia elegante a la falta de ética. Mientras personajes como los Instructores de la Policía federal Argentina Roberto Claudio Ramírez y Jorge Eduardo Giménez sin experiencia profesional en la fabricación de cascos intentan capitalizar la experiencia ajena, falsificando logotipos de NA y sus calotas, manipulando estructuras sin capacidad técnica, la realidad de la calle les responde con hechos.

​Un casco NA es un seguro de vida aeronáutico puesto al servicio del motociclista. Lo que el Suboficial Peña llevaba en su cabeza no era un objeto de serie; era una pieza de ingeniería protegida legalmente, supervisada personalmente por el hombre que desde 1956 ya fabricaba su primer casco bajo la exigencia del paracaidismo militar.

Claudio Fabián Peña volvió a su casa. Porque la seguridad no se imita. Se construye con 70 años de verdad.

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