El guardián de la cabeza y el corazón: Hugo Palamara y su NA como herencia familiar
En un mundo de objetos desechables, donde lo que compramos hoy está diseñado para fallar mañana, existe un rincón en la ingeniería argentina que desafía las leyes del tiempo. Es el laboratorio de Cristian Valls, el genio que hace 70 años tuvo una idea que hoy, en las manos -y sobre la cabeza- de Hugo Palamara, se siente más viva que nunca.

La historia de Hugo no es solo la de un motociclista, ya que profesionalmente se trata de un periodista de nivel nacional especialista en tránsito y seguridad; es su vida la crónica de un legado. Su casco NA no es un accesorio, es un integrante de la familia. Un objeto que llegó a su vida como un puente tendido por su padre, uniendo generaciones bajo la misma premisa de seguridad y afecto.
»Un regalo de mi viejo»
Para Hugo, la conexión con su NA helmets comienza con un recuerdo que se ajusta perfectamente a la medida de su memoria. No es simplemente composite y telas especialmente diseñadas; es el peso de una historia compartida. Al referirse a su origen, Hugo es tajante y emocional:

«Este casco tiene un valor incalculable para mí, me lo regaló mi papá hace muchísimos años y es el que uso siempre».
Ese «siempre» es la palabra clave. Mientras otros usuarios cambian de equipamiento cada cinco años debido a la obsolescencia programada, el usuario de NA helmets entiende que lo que tiene entre manos es el resultado del Programa Major: una evolución constante que permite que un casco fabricado hace décadas siga siendo un estándar de protección hoy.
La mística de la invulnerabilidad
Hugo Palamara conoce bien la sensación de confianza que otorga el diseño de Valls. En sus palabras se percibe esa fidelidad casi religiosa que une a los «usuarios NA». No se trata solo de estética, de esa que enamora a primera vista; se trata de una comunión técnica: «Es una pieza de ingeniería que no conoce el paso del tiempo. Yo me subo a la moto, me pongo mi NA y siento que llevo la protección de mi viejo y la de Cristian conmigo», reflexiona Hugo durante la charla.
Esa «fidelidad» que mencionamos no es gratuita. Es el fruto de un trabajo que Cristian Valls comenzó en 1956, cuando apenas cumplía 18 años y soñaba con saltar de los aviones para quedar sostenido por su paracaídas. Esa misma rigurosidad aeronáutica con la que Cristian se formó en el Colegio Jorge Newbery es la que hoy mantiene a Hugo seguro en el asfalto.

Sin vencimiento: La filosofía de lo eterno
¿Cómo es posible que un casco de hace décadas siga siendo funcional? La respuesta reside en el secreto del laboratorio de Valls: materiales nobles y un diseño que se anticipó a las normas. Hugo lo sabe y lo presume con orgullo: «Lo que más me asombra es que, a pesar de los años, el casco está impecable. No tiene vencimiento. Es como si Cristian lo hubiera diseñado para durar varias vidas».
Esta crónica no es solo sobre un motociclista y su equipo. Es sobre la resistencia de lo auténtico. Hugo Palamara y su casco NA son la prueba viviente de que, cuando un producto se hace con pasión, conocimiento técnico y una búsqueda incansable de la perfección -como la que inició Valls, que en 1958 alcanzó su casco número 500, entre los diferentes talles-, el objeto deja de ser una mercancía para convertirse en un amuleto de la buena suerte.

El sentimiento de una sociedad fiel
Al finalizar su recorrido, Hugo mira su casco, ese que su padre eligió para él, y resume el sentimiento de miles: «No es solo un NA, es MI NA. Es mi historia, mi seguridad y el recuerdo de mi viejo, todo en uno».
La comunidad de NA Helmets no compra cascos; hereda leyendas. Y mientras el Programa Major siga evolucionando, habrá siempre un Hugo Palamara en alguna ruta, demostrando que lo que está bien hecho, simplemente, no muere jamás.



